11/05/2020 | Actualitat > AsiaView

La irrupción de la pandemia de la Covid-19 ha puesto patas arriba no sólo la economía mundial sino también las bases políticas que la sustentaban. El confinamiento nos ha permitido poder dedicar parte de nuestro tiempo a la reflexión, entre la vorágine de la información y desinformación que recibimos a diario, sobre el mundo que nos espera cuando salgamos ahí fuera y empecemos a recuperar nuestra vida normal, que ya no será tal. Por primera vez, el planeta está siendo simultáneamente testigo directo de un gran encierro personal y un gran apagón económico.

Lo que parece claro es que en estos tiempos de reclusión también nos habría venido bien, como diría el filosofo coreano Byung chul Han, recuperar la capacidad de contemplación que al fin y al cabo puede ayudarnos a la búsqueda, de ese mundo mejor que todos repentinamente añoramos. Lamentablemente, en este mundo actual la inmediatez sigue predominando sobre la reflexión. Si no podemos conocer el futuro merece el esfuerzo saber como deberíamos tratar de transformarlo.

Ante este novedoso escenario, muchos se preguntan, escriben y proclaman que esta pandemia producirá ineludiblemente un proceso de desglobalización que puede incluso llevar al fin de la globalización. La realidad puede pronto demostrarnos que quizás tales augurios no se cumplirán.

La historia nos enseña, cuando se recupera, que la globalización lleva muchos siglos entre nosotros. En septiembre de 2022 celebraremos, por ejemplo, que Juan Sebastián Elcano junto a otros 17 marineros llegaban a bordo de la Nao Victoria a Sevilla después de tres años de aventuras y descubrimientos que les permitió realizar la primera circunnavegación del mundo. La historia también no cuenta que hubo otras proezas como la de la Nao de China o Galeón de Manila que pasaría a convertirse en la ruta comercial marítima más longeva de la historia al conectar desde 1565 a 1815 Asia con América y Europa, o la actualmente recuperada y actualizada Ruta de la Seda que unía el imperio del centro con Europa. Estos son solo algunos ejemplos de esta interconexión global, impulsada por el comercio y el intercambio de conocimiento que ha existido y seguirá existiendo.

A estas alturas,  parece poco discutible que la respuesta global a esta crisis se ha basado a nivel global en las divisiones, en la incompetencia en la respuesta, salvo en contadas excepciones de sociedades como la coreana, taiwanesa, singapurense o de Nueva Zelanda, y en el retraso en implementar  la respuesta que se basaba básicamente en el confinamiento y la paralización o ralentización económica.

Hay varios motivos que harán que la globalización no desaparezca. El primer factor,  es que las élites que la fomentaron durante las últimas ocho décadas son las mismas encargadas de la restructuración de este nuevo mundo post Covid-19. Uno de los obstáculos más comunes para los cambios y transformaciones es conseguir acomodar a las elites y sus privilegios ante el nuevo escenario que se crea. La justicia social debe ser una prioridad en la nueva agenda, como el cambio climático, la cooperación al desarrollo sostenible o la igual de género.  Se comenta con reiteración que todos tendremos que renunciar a algo por el bien común. Las élites económicas ya conocen las demandas.

En segundo lugar, reactivar la economía puede ser mucho mas difícil que paralizarla. Según las estimaciones del FMI, la contracción de la economía mundial puede llegar al 4,2%, muy superior al 1,6% de la crisis económica del 2009.

También hay que tener en consideración que esta crisis conseguirá que  el 90% de los países tengan un crecimiento negativo mientras que en el 2009 representaron el 62%.

En una pandemia no existen islas ni archipiélagos, el mundo es más global que nunca, y la cooperación internacional tendrá que ser más decidida que nunca. Aquí el papel del G-20 tiene que ser determinante. Sin cooperación internacional no habrá solución.

El World Economic Forum publicaba reciente una estadística en donde reflejaba que la Covid-19 ha arrojado a más 500 millones de personas adicionales a la pobreza. Casi el  75% están, de momento, en Asia Pacifico. Y esto nos lleva al tercer elemento. China no puede permitirse el fracaso de la recuperación económica y el mundo tampoco.

Para ello, necesita un mundo interconectado, un multilateralismo reforzado y una nueva política de imagen que le libere de la conexión directa a la pandemia y le identifique con la solución a la misma.

Estados Unidos es el otro gran actor que tiene que decidir que papel juega en la solución de esta crisis. Para las elecciones presidenciales de noviembre ya tenemos candidato demócrata, Joe Biden,  y lo que puede ser más importante el apoyo público de Bernie Sanders y Barak Obama a su candidatura y manera de ver el mundo. “America First” puede transformarse en “the World First”. Por el contrario una victoria de Trump sería toda una incógnita en un momento que precisa de certezas.

Albert Camus, a quien deberíamos recuperar a la mayor brevedad posible, decía que “respirar es juzgar  el resto del mundo, incluida la Unión Europea,  parece resignado a seguir respirando, juzgando pero no actuando, el tiempo apremia.

 

Rafael Bueno, Director del Departamento de Política, Sociedad y Educación de Casa Asia | Twitter @rafabueno59

Este artículo forma parte del espacio de reflexión #repensandoelmañana, con el que queremos compartir el análisis que nuestra red de personas expertas, tanto de Casa Asia como externas, hace sobre diversos asuntos de la actualidad en la región Asia-Pacífico.